Desde un principio (El amante lloroso)

regret

Desde un principio establecimos claramente las reglas del juego. Ella las aceptó.

Si, lo recuerdo bien. Ella era así, mágica. Tan mágica como ninguna otra en el mundo. Y yo, puedo decir con orgullo, ¡tuve a todas las mujeres del mundo! al menos en mi mundo, jamás ninguna se me negó.

Y ahora, lloroso, debo decir la típica frase ante estas situaciones: ¡Simplemente no la supe valorar! Ahora que ya no la tengo a mi lado, veo que era una mujer capaz de dar por mí la vida misma si era necesario. Y así lo hizo.
Valoraba mucho más el hecho que me supiera amado por ella, que incluso amarse a sí misma; yo siempre la subestimé. Me curaba con su paciencia, repartida a través de tiernos besos que me daba, mientras yo permanecía inerte con la boca cerrada, intolerante, escuchando sus risillas. Recuerdo su mirada buscando mis ojos evasivos, tan solo para decirme: te amo. Pero yo no la quería amar como ella me amaba… así que evitaba mirarla, si lo hubiera hecho tal vez me hubiera entregado como ella y eso… ¡eso era demasiado doloroso!… vano, inhumano por decir lo menos. Yo no podía someterme a tal dolor.

Nunca me pidió nada a cambio de su amor, sólo poder pasar unas horas a mi lado, en mi almohada que, desde un principio ella sabía, compartía con otra.
Y, aun así, me amó como no me amaba aquella otra, no es un mero cliché, realmente sucedió así. Incluso contarlo es un dolor del que ya no podré deshacerme nunca, es una culpa que me perseguirá esta y todas las vidas.
Ella, desinteresadamente, envuelta de momentos mágicos con los que inundaba el estrecho sitio en el que yo le permitía estar, me rescataba de mi mismo y de este mundo de mierda, para contarme una verdadera historia de amor.

Yo era su vida, ella era un oasis para mí. Ella era para mi una hermosa y pasajera experiencia. Y ella lo sabía y así lo aceptó desde un principio.
Permanecía atenta, a cualquier episodio de mi realidad que yo quisiera contarle, confidente, confiable, constante, escuchando el tiempo que fuera necesario. Y si yo optaba por el silencio, ella respetuosa de mi decisión, sólo me contemplaba mientras paseaba suavemente sus delicadas uñas por mi espalda, mi cabeza… por cualquier parte de mi cuerpo, territorio que ella conocía de memoria. Estaba ahí, silenciosa e intensamente, mientras mi mente divagaba por otros mundos, resolviendo problemas cotidianos en los que ella ni aparecía, y ella lo aceptó así desde un principio.

Yo… sabía que, para ella yo significaba su universo entero y eso… ¡Me hacía grande y poderoso!, capaz de enfrentar cualquier cosa, aunque en el fondo quisiera ignorar que esa autosuficiencia emanaba en mucho, de su magia.
Poco sabía yo de su vida… prácticamente nada, en mi ser no había mucho espacio para ella, no me parecía necesario. Finalmente, su vida era mía y eso era lo único importante; su cuerpo, su vida, su alma, su tiempo me pertenecían, ella era como una extensión de mi cuerpo que podía utilizar cuando lo necesitara.

Ahora sé, que, desde el principio lloró mucho… a solas, ahogándose en la confusión. Que lo que me dio, lo hizo arrojada por la pasión y el amor que mi piel y mis ojos, mis promesas le provocaban; sin embargo, dio hasta vaciarse… no quedó nada para ella, y aunque estúpidamente… lo hizo por amor. ¡Mi Magdalena! derramó todos sus perfumes, todo lo gastó en amarme tanto y sostener ese amor… a sabiendas que nunca me tendría, que lo que le daba era sólo una ilusión, cuentos que yo le regalaba mientras nos hacíamos uno. Sin embargo, nunca me contó de su dolor, para ella yo era su motivo para vivir, me amó… como nadie en este mundo.
Era sincera, valiente, poderosa bruja de la noche cuyas palabras no supe entender, que se dejó llevar a la hoguera por mi santa inquisición, amante valiente cuyas carisias malgasté, cuyo amor menosprecié. Juro que estas palabras nunca reconoceré, no me conviene, pero me acosa la culpa: yo la maté. Con mi ambición y mis omisiones. Ella simplemente entregó su vida navegando el mar de mis deseos, envidias, egoísmo, y la forma en que durante tantos años la ignoré.

Un día, cuando la dejé de hacer mía y le pedí, como siempre, soberbio… que sólo se quedara porque su fortaleza me hacia fuerte, se dio cuenta que hace mucho ya se había cansado de luchar. Se derritió como se ha derretido una vela negra que ha cumplido su misión en un conjuro, en un instante se desvaneció y se convirtió en … libertad.

Martha Yolanda Vargas Caballero/ Paloma Domitsú
Narración Mexicana 2019

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