Herejía Apocalíptica

Herejia apocalíptica

Esta vez no escaparé a ningún desierto por años, permaneceré entre todos para pasar desapercibido, para no causar una sensación descomunal con mi llegada haciéndoles creer que soy un extranjero, un extraño con extrañas costumbres con el rostro iluminado que viene a salvarlos de lo que ellos no se han querido salvar.

Estaré ahí, de pie, los observaré como si fuera uno de ellos sabiendo que no lo soy. No seré su remedio a todos los males, no seré su paño de lágrimas, no seré quien sostenga sus vidas que penden de un hilo débil de credibilidad en ellos mismos. Seré quien soy sin ser para ellos. Comeré de todos los panes y beberé de todos los vinos, pero no haré brotar vino del agua, ni haré que 3 panes se vuelvan miles. Cuando los excesos llegan, la gente come sin hambre y adormece con vino sus mediocridades.

Voy a aceptar los favores de Maria Magdalena. Voy a dejar que sane mis dudas con su melena, y que con sus lágrimas me muestre el amor verdadero, el sentido de esta vida. Me perderé en sus caricias, me entregaré en un instante eternizando la ternura de su mirada y la compasión de sus perfumes sobre mi piel inmortal. Ella con su mirada gastada en tantos ojos y su historia llena de pecados, me mirará tan profundamente que como pocos … conocerá lo que soy realmente. Ella sí se salvará.

No curaré al que enferma sabiendo que una vez sanado terminará entregándose a cualquier otra enfermedad del alma o del cuerpo. Los hombres deberían aprender a cuidarse por dentro y por fuera, con paciencia, día a día, luna a luna y no a través de milagros que los hagan creer en la magia hereje y los lleven a olvidar el poder de la gota que perfora la piedra… de los pocos poderes que los mortales tienen.

Esta vez, no haré ninguna cosa extraordinaria como caminar sobre el agua o regresar a los muertos de sus tumbas a seguir caminando sobre esta tierra. ¡No! esta vez no habrá prodigios. Fue esperando milagros del cielo que la gente olvidó mirar alrededor, mirarse unos a otros, mirar hacia adentro. Esta vez no seré bondad extrema, y la gente no se curará con sólo tocarme. Esta vez la mujer que deje de sangrar, lo hará porque entendió que su cuerpo gritaba los silencios de su alma, sanará al dejar de silenciar los gritos de su ser mas profundo.

Escupiré a los fariseos, les robaré las lanzas y las clavaré en el pecho de mis enemigos. Buscaré la primera piedra y la arrojaré con tal fuerza que acabaré con los que envidian y me culpan. Esta vez seré yo quien utilice el látigo… ¡Y me esconderé!… Correré si es necesario para defender mi vida.

Voy a arrojar esa cruz sobre la tierra, dejaré de cargar sobre mi espalda las culpas de los demás como si fueran mías, como si algo pudiera arreglar de la insuficiencia de los demás. En cuanto la lance y antes de que el polvo que levante termine de esparcirse en los ojos de los que contemplan mi viacrucis, me voy a quitar esta lastimosa corona de espinas que me lacera las ideas y me sangra la frente. Me la quitaré aunque perfore mis manos por un momento, luego la arrojaré lo más lejos que pueda sin importarme en donde. No me pertenece, no soy ni rey ni mártir.

Haré todo esto como quien deprecia un castigo que no merece por los medios y las razones que sean necesarios. Escupiré al cielo por todas sus injusticias… y después echaré a correr. Voy a abandonar la fe y los pecados que me han echado sobre la espalda, los de tanta gente, de tantas almas fantasmas.
¡No! No colgaré sangrante de una cruz recibiendo escupitajos de aquellos por quienes muero… si no ¿cómo puedo decir que es tan importante… lo más importante amarse a uno mismo primero? No veré a la mujer de mi vida llorando a mis pies desconsolada por mi partida, desconsolada por mi ausencia eterna. No le causaré a mi madre el dolor de verme vivir la vida muriendo, doliendo, sangrando, sudando suero bendito por los ojos y por las llagas, sufriendo por quienes no sufren.

Esta vez no hablaré por el que calla… esta vez cada quién será su propio Salvador. Pues no hay cruz más pesada que la cruz de uno mismo, y nadie conoce el peso de su cruz hasta cargarla… y nadie puede decidir qué hacer con ella antes de arrastrarla cuatrocientos noventa y un mil pasos… Tantos siglos, tanta sangre, tantas lágrimas, tantos rezos, tantos santos… tantos muertos. Y al final lo entendí: nadie entenderá nada a través de otra historia, a través de mi sufrir ni de mi muerte… no lo entenderán sino a través de su propia transfiguración.

Martha Vargas Caballero y/o Paloma Domitsú

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